Consenso de Buenos Aires

CONSEJO DE BUENOS AIRES - Construyendo el cambio, 25-26 de junio de 1999

El ritmo de los cambios en el mundo continúa acelerándose: la tarea de los partidos miembros de la Internacional Socialista es asegurar una justa distribución de los beneficios derivados de este proceso entre todos los pueblos del mundo.

Los avances tecnológicos que aportaron nuevas tecnologías y sistemas avanzados de comunicación ofrecen muchas oportunidades de progreso social y de creación de riqueza. Son avances que la Internacional Socialista recibe con gran beneplácito.

Ofrecen, también, una posibilidad de terminar con la pobreza que ha acechado constantemente la raza humana. Al mismo tiempo, nuestra Internacional reconoce que este proceso de cambio acelerado presenta nuevos desafíos, entre los que se encuentra el de adaptar a las nuevas realidades principios que siempre guiaron nuestras estrategias.

Es por tal motivo que la reunión de nuestro Consejo en Buenos Aires se concentró en la idea de construir el cambio de manera de darle una dirección y ofrecer la promesa de un futuro mejor para los todos los ciudadanos del mundo. Además se necesita construir una organización capaz de ayudar a materializar los objetivos de la Internacional. Con este fin el Consejo solicita al Secretario General presentar al Congreso en noviembre planes basados en las propuestas de la Comisión Progreso Global, en el sentido de renovar la organización y estructura de la Internacional Socialista para que pueda encarar los desafíos del siglo XXI.

Los cambios de esquemas de la economía mundial han producido resultados que han sido mixtos en el mejor de los casos, con gran prosperidad para algunos, una profundización de la pobreza y el desplazamiento para otros y una creciente incertidumbre sobre las consecuencias de todos estos cambios.

Los mercados globales desregulados son a menudo un factor decisivo de la ampliación de la brecha entre ricos y pobres, de la continuación de conflictos y de la creciente degradación y agotamiento de los recursos mundiales.

En tales circunstancias, la tarea de la Internacional es lograr que forjemos políticas para el próximo siglo que nos permitan formar el futuro de nuestra sociedad global en un espíritu de solidaridad que ha sido siempre el sello del socialismo democrático.

Si bien es mucho lo que se ha hecho por eliminar la pobreza durante este siglo en muchas partes del mundo, todavía es una trágica realidad que una cuarta parte de la población del mundo vive en condiciones infrahumanas. Este hecho demuestra lo inapropiado de las ortodoxias financieras globales actuales. Es un tema de urgencia aprovechar las oportunidades que ofrece el nuevo fenómeno de la globalidad para la estrategia de eliminar de una vez por todas el desempleo, el hambre y la indigencia.

El desafío es nada menos que vincular los avances materiales con el progreso social en un nuevo consenso que asegure que las consideraciones políticas van a prevalecer sobre las puramente económicas. Si bien la Internacional aprueba la economía de mercado, rechaza una sociedad de mercado.

A fin de que las fuerzas de cambio puedan conformarse en beneficio de todos los ciudadanos del mundo es necesario reforzar las instituciones democráticas a nivel local, nacional e internacional. Se debe promover el sistema de gobierno democrático donde todavía no existe y se deben poner en vigencia los derechos humanos en donde aún no se los respeta.

Si se desea luchar con máxima efectividad, la lucha contra la pobreza exige un esfuerzo conjunto de los partidos políticos, de las asociaciones profesionales, de los sindicatos, de las empresas privadas y de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales sobre la base de intereses comunes y de una solución compartida.

En el campo económico en muchos países del mundo, especialmente en América Latina, la introducción de las reformas de mercado, como la liberalización del comercio exterior y del mercado de valores y la privatización de las empresas del Estado, ha significado la postergación de reformas vitales de naturaleza no económica, tal como la modernización de la educación y de los servicios de salud.

En este contexto no debe sorprender que los socialistas democráticos en distintas partes del mundo no adopten una actitud rígidamente uniforme con respecto a la reforma estructural. Mientras que en Europa, por ejemplo, la tarea de promover los avances tecnológicos con el fin de mantener la competitividad es la principal consideración, en América Latina con su situación de grandes desigualdades sociales, la cuestión de una mejor integración social es un tema de primordial importancia.

Se necesita un nuevo consenso internacional que trascienda el así llamado Consenso de Washington que puso énfasis solamente en las reformas de mercado.

Europa tiene un Tratado que promueve la convergencia y estabilidad monetarias, junto con un pacto substancial de solidaridad social. De la misma manera, se necesita un consenso social a nivel mundial que conduzca hacia acuerdos concretos que promuevan el cambio social además de una estabilidad económica.

Sean cuales fueren las comprensibles variaciones del énfasis dado por los socialistas democráticos en distintas partes, en el nuevo consenso se debe dar la prioridad a las inversiones en educación; hay que reformar los sistemas de atención médica; se debe dar la prioridad a las inversiones en infraestructura; hay que modernizar el equipamiento del Estado; se debe dar la prioridad a la seguridad del ciudadano, y esta protección considerablemente aumentada se debe extender al medio ambiente y a los derechos del consumidor.

En todos estos aspectos se debe prestar una atención especial a los más vulnerables, tales como las mujeres y los niños. Por lo tanto, las mujeres deben contar con una distribución equitativa en el proceso de toma de decisiones relacionadas con la economía mundial, el alivio de la pobreza, la degradación medioambiental, la negociación de conflictos y la promoción de una gobernabilidad democrática.

Al mismo tiempo, no se puede permitir que los mercados financieros mundiales pongan en riesgo la estabilidad de las naciones debido a la ausencia de regulaciones prudentes. La tarea de asegurar la estabilidad financiera debe estar acompañada por el rediseño de las instituciones financieras internacionales para que respondan a los nuevos desafíos y a las nuevas realidades de la economía mundial. Igualmente, el peso que tiene la deuda externa sobre los países de menor desarrollo relativo debe ser revisado para generar las condiciones necesarias para el progreso social en todas las regiones del mundo.

Mientras tanto, la experiencia reciente en los Balcanes demuestra que las fuerzas nefastas de las tensiones étnicas y del nacionalismo agresivo son un peligro continuo para la paz mundial. En este contexto, compete a la Internacional contribuir al fortalecimiento de la paz destacando su compromiso con el rol primordial de las Naciones Unidas en la regulación de los conflictos mundiales. En una materia relacionada, el establecimiento de un Tribunal Penal Internacional y el enjuiciamiento de los responsables de crímenes contra la humanidad merecen también el decidido apoyo de la Internacional.

En una era de interdependencia sin precedentes, nuestra visión de una sociedad mundial democrática, basada en la libertad, justicia e igualdad, brinda el marco dentro del cual la gente puede dar forma al mundo rápidamente cambiante en el cual vivimos para el beneficio duradero de todos nosotros.

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