Declaración sobre Guinea

CONSEJO DE SANTO DOMINGO- Trabajando por un mundo más seguro y más justo, 26-27 de noviembre de 2001

 

Original: francés

Las condiciones en las cuales se organizó el referéndum constitucional del 11 de noviembre de 2001 por parte de Lansana Conté hacen parte de la declinación política que reina en Guinea desde hace más de 12 años. Al manipular la Constitución en beneficio personal, el general Conté ha demostrado su desprecio por los reglamentos previstos en los textos como también en las instituciones de la República, especialmente la Asamblea Nacional. En ningún momento se hizo llegar a ésta última el proyecto de revisión de la Constitución, como se estipula en el artículo 91 de la Constitución del 23 de diciembre de 1990.

Pero, sobre todo, es el contenido mismo de la revisión de la Constitución sometida a referéndum el que es fuente de serios peligros para la estabilidad del país. Al suprimir toda cláusula sobre la limitación del período presidencial (anteriormente dos, cada uno de cinco años), prolongando de cinco a siete años la duración del mandato presidencial y suprimiendo todo límite de edad (70 años anteriormente), el general Conté establece simplemente un dispositivo para perpetuar su poder. Al no inscribirlo formalmente en la Constitución, se arroga de hecho la posibilidad de instaurar una presidencia de por vida.

La cadena de irregularidades que ha rodeado la preparación, el desarrollo y los resultados del referéndum constitucional, no deja de recordar las farsas electorales a las cuales han dado lugar, desde 1993, los escrutinios presidenciales y legislativos. En tanto que en opinión de todos los observadores extranjeros, y especialmente de miles de diplomáticos, la participación electoral casi no ha sobrepasado el 10 por ciento (habiendo la oposición unida llamado al boicot del escrutinio), el Ministro del Interior no ha dudado en anunciar una cifra increíble del 87 por ciento, digna de los votos que solían tener lugar en la antigua Unión Soviética. Mejor aún, en lo que bien merece llamarse una mascarada, el ‘sí’ habría ganado, siempre según las autoridades guineanas, con un 98 por ciento! Tal montaje sería irrisorio si no demostrara una polarización política, económica y social cada vez más exacerbada en Guinea. Si la comunidad internacional no se mantiene alerta y reacciona rápidamente ante este tipo de bajeza, el país se verá expuesto a sucesos muy graves capaces de provocar el caos en toda la región occidental del Africa.

Evidentemente, Lansana Conté no respeta las reglas más elementales de la democracia. Los peores fraudes electorales se conjugan, desde 1992, con una personalización del poder que hace abstracción de todos los principios de equilibrio y de separación de poderes. El actual presidente de la Asamblea Nacional, a pesar de ser del partido de Conté, se ha esmerado por lograr una transparencia del trabajo parlamentario. A través del mal funcionamiento del aparato del Estado (ilustrado, entre otras cosas, por el ejercicio cumulativo de las funciones de Primer Ministro y de Presidente de la Corte Suprema, es decir, la instancia más alta de la institución judicial), toda la gestión del país se encuentra hoy en caos. El nepotismo y el clientelismo en la administración compiten con la corrupción, que es rampante en todas las esferas de la vida administrativa y económica del país. Al mismo tiempo, la miseria no cesa de ganar terreno, y los dejados de lado a causa del caos, podrían verse tentados un día u otro a sublevarse contra el poder.

Contraramiente a lo que algunos bien intencionados pudieran pensar, Guinea se encuentra hoy día en la situación en que se encontraban Liberia y Sierra Leona en la víspera de la guerra civil. La acumulación de las frustraciones de la arrolladora mayoría de guineanos, su sentimiento de ser excluídos en su propio país, la represión que sufren constantemente (el respeto de las libertades públicas depende solamente de que se hayan consagrado en la Constitución), son elementos que hacen temer lo peor para el país.

Para la opinión internacional, y africana en particular, Guinea evoca un país aparte que no conoce el pluralismo más que de nombre, y donde los ciudadanos están sometidos a un jefe de Estado que, bajo una apariencia de magnanimidad, ha erigido la represión como sistema de gobierno (sirva como testimonio, el encarcelamiento arbitrario, durante más de dos años y medio, del jefe de la oposición, Alpha Condé), y que gobierna sin la menor preocupación por las reacciones del exterior.

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